Amina, la princesa rebelde


Capítulo 1

Cornualles

La vista del mar desde este terraplén es una imagen soñada y completamente relajante. El turista que llega a esta punta oeste de la isla de la Gran Bretaña puede imaginarse mirando el océano Atlántico en línea recta y divisar las costas de Panamá, ya que nada se interpone en esa línea aérea fantástica.

El sol comienza a descender en el horizonte, tiñendo el cielo de tonos cálidos de naranja, rosa y púrpura. La iglesia, dedicada a Santa Ia de Cornualles, se alza majestuosa detrás de Isabel, con su arquitectura histórica y su aura de tranquilidad.

Desde esa posición elevada, el pueblo costero de St. Ives regala una vista panorámica del mar. Las olas rompen suavemente contra la costa, creando un sonido rítmico y relajante. El agua refleja los colores del atardecer, brillando con destellos dorados y plateados. A lo lejos, algunos barcos pesqueros están regresando al puerto, recostando sus siluetas contra el cielo en llamas.

El terraplén cubierto de hierba verde y flores silvestres se mece suavemente con la brisa marina. El aire, impregnado del aroma salado del mar, se mezcla con el dulce perfume de las flores. Isabel, sentada en un amplio y vetusto banco de madera, observa el ir y venir de las gaviotas que vuelan en círculos, sus llamadas resonando en el aire tranquilo.

La atmósfera es de paz y serenidad. Un lugar ideal para olvidar las obligaciones y responsabilidades y dejarse llevar por el espectáculo natural. Quienes llegan a este mirador son fundamentalmente turistas. Algunos se detienen para tomar fotos, otros simplemente se sientan a contemplar la belleza del momento. La luz del sol se va desvaneciendo lentamente, en cámara muy lenta, llevándose la paleta de colores que ha distribuido por el horizonte.

¡Qué momento perfecto para la reflexión y la contemplación! Un instante ideal en el que el tiempo parece detenerse y la belleza de la naturaleza envuelve por completo a St. Ives.

Las luces se encienden todo alrededor y la magia del atardecer da paso a una celebración nocturna. El cielo se ilumina con millones de resplandores.

El terraplén ha quedado prácticamente vacío; se ha cerrado el telón marino y los espectadores han movido su atención hacia otros lugares, artísticos y gastronómicos.

—Vale la pena subir a observar el atardecer, un espectáculo que nos asombra diariamente —dice el otro ocupante del viejo banco, un hombre de aproximadamente 38 años, sencillamente ataviado con ropa deportiva. Se vuelve hacia Isabel para comentar lo que lo ha dejado impresionado—. Un regalo divino para quienes vivimos observando rascacielos o bañándonos en luz eléctrica.

—Creo que me has leído el pensamiento —responde Isabel automáticamente, como saliendo de una ensoñación—. La naturaleza nos enseña que es posible despedirse con grandeza y calma, sin necesidad de violencia o disonancia. Simplemente, aceptando el flujo de la vida y el cambio que trae consigo, corriendo la escena de luz y convirtiéndola en sombras, mientras el atardecer se despide suavemente del día.

—Parece que estos momentos son transformadores. En mi caso vine a buscar exactamente esto: paz, calma, silencio para poder pensar.

—Hola, soy Isabel y vine exactamente por el mismo motivo, aunque lo hubiese definido diferente, pero es exactamente eso lo que vine a St. Ives a buscar. Estoy feliz de haber encontrado esta paz en un lugar bastante concurrido, porque hay mucha gente además de las gaviotas y los pescadores —dice Isabel, extendiendo su mano derecha e inclinándose hacia su compañero de banco.

—Encantado, Alex. Complacido de no ser el único que ha salido disparado de Londres en busca de tranquilidad. ¿También de Londres? —pregunta, mirándola expectante.

Isabel suelta una carcajada.

—Sí, sí, también de Londres, donde están todos los desquiciados. Los demás viven en el campo, pueblos o aldeas y disfrutan de aire puro y atardeceres novelescos. A decir verdad, nunca he estado en otra gran ciudad del Reino Unido, así que hablo sin conocimiento de causa.

—Seguramente cenas de vez en cuando. ¿Te podría invitar a compartir una mesa?

—Sí, generalmente ceno, así que acepto tu invitación a compartir. ¿Tienes pensado dónde? —Isabel lo mira sonriente.

—Bajando hay un pub. ¿Qué te parece si entramos ahí?

—¡Perfecto!


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